Ojos brillantes y traviesos

‘Estoy maliciando esto y lo otro’, me comenta un amigo octogenario mientras volvemos del campo. Le miro a los ojos, esos ojos brillantes y traviesos. No hace falta que me lo jures amigo, esa cabeza no deja nunca de maliciar. Sonrío. ‘Cuando vivía en Alemania’, continúa, a veces parando el paso, enfatizando con aspavientos todo lo que quiere contar. Esas batallas yo ya las conozco muy bien: de joven un zagal; los maquis que bajaban de la sierra a por algo de alimento que vosotros compartíais, y aquella noche en la que aparecieron los civiles y todos os escondistéis entre los fardos de avena, cebada; sus diez años en Alemania; su vuelta al campo andaluz. Y muchas más.

Caminamos despacio, acompañados por seis perros; él apoyándose en su cayado de almez. Caminamos entre olivos, cargadas sus faldas de aceitunas, algunas ya madurando. 

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En un mar espeso

Muy a tu pesar, a pesar de la angustia que te produce, no puedes evitar cruzar las líneas blancas que separan tus estrechos carriles mentales, que te mantienen encadenado en una larga autopista que no lleva a ningún sitio. Agarrando lo más fuerte que puedes el volante de tu coche, tratas de mantenerte en tu carril, pero ¡no puedes! Un empuje de sombras quiere sacarte de ese estéril surco de asfalto y líneas rectas; la angustia no quiere dejar que te vayas.

El barco todavía está en el dique y tú ya has decidido que te quedas con él. Pero te vas algo dubitativo, pensando en cómo te las vas a arreglar ahora con la guitarra, la viola, el contrabajo.

Suena esquizofrenia, subidos en el escenario, hacía tiempo que no te sentías así. Tu vieja banda olvidada acaba bruscamente la canción; tú sigues tocando, ensimismado, disfrutando.

Atardeceres

Una desconocida se acerca y se tumba sobre ti, con su cabeza sobre tu pecho; y así os quedáis durante un largo y placentero espacio de tiempo; finalmente, os levantáis y certifica, que tu jersey huele ciertamente bastante mal aunque, en todo caso, no tan mal como se esperaba.

Te estás peleando con un amigo, como se pelean los amigos, de niños. Alguien mayor aparece y tú te tienes que esconder, pero el escondite donde tratas de ocultarte se ha quedado ya muy pequeño para ti.

Otra vez en un edificio en ruinas, con un amigo. Estáis en una enorme habitación de la que no podéis salir. Desde las ventanas podéis ver al resto del mundo ensayando en otra habitación. Intentáis buscar puertas donde no las hay, desesperados. Las paredes están insonorizadas, qué es esto.

Vuelves a encontrarte con el mismo amigo, en casa de tus padres:

–Qué tal –le preguntas.
–Bien –contesta escurridizo.
–¡Bien! –exclama su hermano mayor que también anda por allí–. Anoche intentó suicidarse con bolsas de agua y café. ¿Bien? –le mira seriamente a su hermano menor.

Atardeceres

Después de una aparatoso accidente en moto sin más consecuencias que unas gafas rotas, te ves caminando por un largo paseo con esa misma mujer recién accidentada. Ella venía a tu casa con su moto para echarte una mano con algo que ahora mismo no recuerdas. Camináis por ese largo paseo, abrazados. Termináis con un largo y dulce beso.

Llegáis a la casa de Cancer Moon. La casa es agradable, cálida, tiene un simpático patio, luz. El percusionista, el guitarrista y tú charláis. El percusionista se pone pesado con que si sus grabaciones fueron o no fueron tan buenas; tú le dices que lo deje, que está hecho un plasta.
Aparece tu novia y tú te sientes extremadamente incómodo. Aparecen tu hermana y tu prima con bolsas de regalos que tú agradeces pero que no quieres.

Dos mujeres tiran de ti; tú estás en el pasillo, y cada una de ellas está en sendos cuartos uno a cada lado del pasillo. Una te dice que no te quiere más; o quizás lo que te dice es que tú ya no le quieres más a ella; no lo recuerdas y poco importa. La otra no dice nada.

Caminamos un grupo de personas en una misma dirección. Una mujer que dices que realmente te gusta te comenta algo acerca de las drogas que necesita tomar por no se sabe bien qué enfermedad. Más tarde vas a su casa; subes las escaleras; en la puerta de su casa parece vivir toda una comunidad de hippies; uno de los rastas te ofrece un peta; está bien, aceptas una sola calada. El rasta se parte con el cambio de aires que rápidamente ha aparecido en tu rostro. Tú te sientes bien.

Tu madre se va esta vez ofendida del comedor después de discutir contigo. Tu padre comienza a repetir incansablemente, ‘por dios, por dios, por dios’, tres veces, cuatro veces, cinco veces, seis veces, etc. ‘Sí, por dios’, comentas tú.